En Mediateca: Lucia di Lammermoor

 

Un importante eslabón de la gloriosa tradición lírica italiana es la ópera romántica que, a principios del siglo XIX, sirvió de transición entre Rossini y Verdi. De hecho, el primero contribuyó decisivamente a su creación y el segundo la transformó en algo muy diferente.

En realidad, sólo dos compositores, fallecidos a muy temprana de edad –Vincenzo Bellini y Gaetano Donizetti– fueron sus auténticos representantes, durante las primeras décadas del siglo XIX. A diferencia del primero, el segundo, nacido en Bérgamo, fue prolífico y además triunfó tanto en el género bufo como en el serio.

Una de sus partituras más conocidas es Lucia de Lamermoor, prototipo de drama lírico romántico, tanto por su libreto como por su música. La protagonista es una joven noble –Lucia– a quien su hermano –Enrico– obliga a casarse por interés con Arturo. Sin embargo, ella ama a Edgardo, a quien aquél arrebató el castillo del que ahora es señor.

Durante la boda, tras la llegada de su enamorado, la novia delira y luego asesina a su esposo. Asistimos entonces a una de las secuencias más famosas y originales de la historia de la ópera, que incluye un formidable sexteto y la espectacular escena de la locura. En el cuadro final, Edgardo, presa de la confusión, se quita la vida con un puñal, justo antes de que le comuniquen el trágico desenlace de los esponsales.

Más que en la historia, bastante convencional, el interés de la obra radica en la belleza y la dificultad vocal de la partitura. Hallamos en ella una eficaz y delicada orquestación y sobre todo una sucesión de hermosas arias, con sus respectivas secciones rápidas –cabalette–, concebidas para cantantes con depurada técnica.

A finales del siglo XIX empezó a decaer este estilo de interpretación –el belcanto– del que nuestro Julian Gayarre había sido un eximio representante. Resurgiría tras la Segunda Guerra Mundial, en buena medida gracias al talento y la dedicación de la gran María Callas y, posteriormente, de otro español: Alfredo Kraus.

En la fonoteca de la UN contamos con uno de los múltiples testimonios que nos quedan de la prodigiosa encarnación que la soprano greco-americana hacía de este singular papel. Dos colegas italianos que le dan réplica: Giuseppe di Stefano y Tito Gobbi. Éste último tiene serias dificultades con los agudos y ninguno de los dos sigue el estilo belcantista, pero ambos actúan con entrega, expresividad y eficacia, guiados por la experta batuta de Tulio Serafin.

Muy distinta es la célebre grabación en estudio cuyos principales artífices fueron australianos: Joan Sutherland –una gran especialista en la parte–, dirigida con acierto por su marido, Richard Bonynge. Los secundan un joven Luciano Pavarotti, en plenitud de facultades, y el opulento barítono americano Sherrill Milnes, quienes pueden con sus papeles, pero descuidan la línea de canto.

La partitura está completa, el sonido es excelente y la protagonista hace toda una exhibición de técnica. Sin embargo, su voz había perdido brillo, la dicción es confusa y, por encima de todo, se echa en falta el vigor y la emoción que insuflaba al papel la Callas.

712e9th6qrl-_sy355_

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: