En Mediateca: Bach: suites, sonatas y partitas

Aun cuando el teclado en sus diversas variantes –clave, piano y órgano– haya sido en Occidente el destinatario principal de las grandes partituras de la música instrumental, hay un puñado de excepciones.

Las principales son probablemente las sonatas y partitas para violín y las suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach. Se trata de obras maestras absolutas y extraordinariamente originales que comparten rasgos esenciales.

Surgieron cuando su creador estaba al servicio del Príncipe Leopoldo de Arnalt-Cöthen, un gran aficionado a la música. Si posteriormente en Leipzig el compositor se vería absorbido por la obligación de estrenar múltiples cantatas, durante estos años el pudo consagrarse a otro tipo de piezas.

Escribir para un instrumento de cuerda a solo es tarea en extremo difícil, pues se plantea el problema de cómo dar variedad y consistencia a las notas musicales, ya que no es posible mantener un discurso continuo a varias voces.

Bach superó con pasmosa facilidad tan exigente reto apoyándose, como siempre, en su insólita capacidad constructiva y su fértil inventiva melódica, pero también en su absoluto dominio, tanto de la técnica instrumental como del contrapunto.

Con muy pocos recursos, pero creando una falsa impresión de escritura polifónica, compuso unas obras de una inspiración y solidez asombrosas. Elocuente muestra de ello es la gigantesca e imponente chacona con la que concluye la segunda partita para violín, un auténtico tour de force, que aún hoy pone en serios aprietos a los virtuosos.

En la fonoteca de la UN hay diversas versiones de estas partituras, que durante casi dos siglos permanecieron olvidadas. Fue Pablo Casals quien rescató las suites para violonchelo y su romántico registro de los años treinta es toda una referencia. Muy diferente es la moderna grabación digital del holandés Jaap ter Linden, quien usa un instrumento de época y es mucho más fiel estilo bachiano. A medio camino se sitúa la del gran Mstilsav Rostropovich, ciertamente muy interesante.

En cuanto a las sonatas y partitas, están muy asociadas a Yehudi Menuhin, otro legendario artista –nacido en los EE.UU. de padres rusos, pero que residió durante la mayor parte de su vida en el Reino Unido–, artífice de un celebérrimo registro que no figura en nuestro catálogo. Sí contamos con la soberbia versión de otro neerlandés –Sigiswald Kuijken–, que también aplica criterios musicológicos y tañe un violín barroco. A su lado, palidece la lectura de Mark Lubotsky, un veterano intérprete nacido y formado en la antigua Unión Soviética.

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