En Mediateca: Beethoven: Sonatas para violoncelo y piano

Aunque Vivaldi y Boccherini le dedicaron bastante atención durante el siglo XVIII, no son muy numerosas las obras posteriores concebidas para este organicum. Una de las explicaciones podría ser que no resulta en absoluto fácil evitar que alguno de los dos instrumentos eclipse al otro.

Tal vez por ello, fue Beethoven quien, de manera progresiva, logró superar un reto que no había tentado, ni a Haydn, ni a Mozart, cuya aportación a otros géneros de la música de cámara es de gran calidad. Acabó así dando carta de nobleza al cello, que hasta entonces ocupaba un lugar un tanto secundario.

Estas partituras pertenecen a los tres periodos que se suelen distinguir en la vida y la producción de su autor. Las dos que integran la Op. 5 figuran entre lo mejor de un joven músico que está todavía buscando una voz propia. Si bien no destacan por su originalidad, poseen un notable encanto, elegancia y equilibrio.

La Op. 69 se sitúa en la etapa de madurez y es la única que sigue el clásico esquema en tres movimientos de este tipo de obras. Posee una brillantez y una solidez de construcción que la convierten en especialmente accesible.

Las dos últimas, publicadas como Op. 105, constituyen una excelente muestra del estilo experimental que cultivó el artista durante sus últimos años de vida. Son de una rara profundidad y las notas fluyen con gran libertad, pero también con una aplastante lógica. Llaman mucho la atención los finales fugados, en particular el de la última, tenida durante años por imposible de interpretar. Además, se anuncian las visionarias páginas que vendrían a continuación, en verdad, imponentes, pero más exigentes para quienes se acercan a ellas.

En la fonoteca de la UN contamos con excelentes versiones de estas partituras. Por encima de todas, destaca la que, junto con su entonces marido, Daniel Barenboim, registró la celista británica Jacqueline du Pré, que tan prematura y trágicamente dejó este mundo, víctima de una enfermedad degenerativa. La energía y la pasión que insuflaba a todas sus interpretaciones las hace inconfundibles.

A pesar de sus méritos, ni el ruso Misha Maisky, escoltado por la excelente pianista argentina Martha Argerich, ni los austríacos Heinrich Schiff y Till Fellener, están a su altura. Algo que sí logró, en unos antiguos e históricos registros, Pau Casals, aunque con un acompañante no tan inspirado, el polaco Mieczyslaw Horszowski.

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