En Mediateca: Rossini

 

En la actualidad, asistir a una representación de ópera tiende a ser una actividad tan seria como escuchar una conferencia. Sin embargo, para las elites ilustradas o para la burguesía decimonónica, se trataba ante todo de un divertimento y un acontecimiento social. De hecho, si el título en cuestión tenía un carácter cómico, se esperaba que el público se riera, como en una pieza teatral.

Así se explica que la ópera bufa fuese un género de éxito y sus obras maestras muy apreciadas y puestas en escena. Tal vez la más famosa de ellas, tanto durante el siglo XIX como hoy en día, sea El Barbero de Sevilla, la ingeniosa partitura de Rossini, que narra los antecedentes de Las Bodas de Fígaro, compuesta por Mozart unas décadas antes. En ambas, cuyo libreto está basado en sendas obras de Beaumarchais, hay una buena dosis de crítica social.

En la primera, gracias a su ingenio, Rosina consigue evitar un matrimonio forzado con Don Bartolo, su maduro tutor, y casarse con el Conde de Almaviva. Éste oculta su identidad haciéndose pasar un por pobre estudiante llamado Lindoro, pues desea hallar una mujer que se case con él por amor, no por interés. Lo logra gracias a la inestimable ayuda de un conocido, el avispado barbero Fígaro.

Rossini ilustró esta historia con una música llena de buen humor y brillantez, también de agilidades y adornos vocales de todo tipo, propios del estilo musical imperante en su época: el bel canto. Sin embargo, con la irrupción de Verdi y el posterior verismo, ese tipo de canto fue en buena medida olvidado y sólo se recuperó durante la segunda mitad del siglo XX.

En la fonoteca de la UN disponemos de dos buenos registros de esta ópera. En el más antiguo destaca la labor de Maria Callas que, a pesar de algunas carencias vocales y técnicas, da a Rosina con toda la gracia y la picardía necesarias. Junto a ella, Tito Gobbi exhibe su portentosa capacidad para frasear y recrea un Figaro lleno de chispa. El tenor peruano Luigi Alva, todo un especialista en la parte, es un Lindoro estilista pero sin el suficiente empaque vocal. El eficaz maestro italiano Alceo Galliera los secunda con vivacidad y garbo desde el foso.

No menos elogiable es la labor de su compatriota Ricardo Chailly en la otra grabación. El papel de Rosina está cantado en la tesitura original por una de las voces que más hizo en favor de la recuperación de Rossini: la contralto de agilidad estadounidense Marilyn Horne. Enzo Dara, un excelente bajo bufo italiano, encarna a un Bartolo de antología., Otro estadounidense, Samuel Ramey, uno de los mejores bajos cantantes del siglo XX, es todo un lujo en el breve papel de Don Basilio, célebre por su aria de la calumnia.

Aconsejo a los interesados que se relajen antes de disponerse a disfrutar de esta obra, concebida ante todo para divertir. Conviene prestar especial atención al extenso final del primer acto, uno de los fragmentos más delirantes de la historia de la ópera, que comienza cuando el Conde entra es escena y finge ser un oficial ebrio.

Rossini1

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